portada


camilo pequeño


<<< volver a autores
<<< volver a libros






camilo pequeño

Continúe con su lectura, por favor...

“Estanterías rebosantes, y todas ellas, exclusivamente repletas de los tomos de Ottis Hermann: Los teléfonos ocultos, La evaporación exangüe, Te esperaré en la hoguera, o En la playa desierta, eran algunos de los cientos de títulos del autor que Paul recopilaba en su pieza: ningún otro autor lograba sumergirle en aquel mundo que el escritor parecía crear a su medida... (...)”

Así comenzaba el relato que se disponía a leer, cuando escuchó el timbre (del teléfono); se incorporó del sofá para atender la llamada y poder continuar con la lectura a la máxima brevedad.

—¿Qué te parece si incluyo un factor sorpresa? —escuchó al otro lado del auricular a través de una voz que le parecía percibir demasiado cerca—.

—¿Disculpe? —inquirió extrañado—.

—Nada, nada... Comprendo —replicó la cercana voz al otro lado—. Continúe con su lectura, por favor...

Sin darle importancia a lo que intuyó se trataba de una llamada errónea, colgó el auricular y regresó al sofá para continuar con el relato.

“(...) Así comenzaba el relato que se disponía a leer, cuando escuchó (...)”

—Un momento... —se dijo, interrumpiendo súbitamente la lectura—. ¿Cómo diablos sabía ese tipo que yo estaba leyendo...?

Intrigado e inquieto, se dispuso a indagar por los rincones de la habitación en busca de alguna cámara oculta; una vez comprobada la inexistencia de rastro alguno de espionaje en el interior de la pieza, se fue hasta la ventana y echó una panorámica ojeada... Evidentemente, al atisbar la playa desierta —incluso la ausencia naval al fondo del mar— confirmó que era poco probable que alguien le estuviera observando desde el exterior.

Resignado y sin atribuirle demasiada importancia a la anécdota, regresó de nuevo al cuento de Hermann, que continuaba así:

“(...) el timbre (de la puerta) (...)”

Se incorporó del sofá para atender aquella nueva interrupción y poder continuar con la lectura lo antes posible.

—Bueno... ¿Qué me dices? —se dirigió aquel tipo con gabardina a cuadros que apareció al otro lado de la puerta—. ¿Qué te ha parecido...? Me refiero al factor sorpresa...

—¿Disculpe? —inquirió, si cabe, más confuso en esta ocasión. Al instante, reaccionó y se encaró a aquel tipo que, sin duda, debía pretender tomarle el pelo—. Ah... No, amigo... Ya entiendo... Es usted un bromista. Pues sepa que a mí no me van este tipo de bromas tontas. Así que le ruego me disculpe y me permita seguir con mi lectura. Tal vez otro día me apetezca seguirle el juego...

—¡Cómo! —replicó el tipo de la gabardina—. ¿Es que acaso no me reconoces, Paul? Soy yo, Hermann... —movió la cabeza y torció los labios con una resignada mueca de incomprensión—. De acuerdo, elige tú el final...

—Por supuesto que lo voy a elegir... —repuso con altivez cerrando la puerta delante de las narices de aquel osado tipo—.

Regresó contrariado al sofá y tomó de nuevo el relato de Hermann. Decidió, no obstante, interrumpir la lectura; se dirigió hasta la chimenea, añadió un tronco seco a la hoguera y, a continuación, lanzó el libro de Hermann al fuego ejecutor.

Indisociablemente a ese acto, todo se desvaneció: el mar, la playa, la hoguera, la pieza, Hermann y, por descontado, su propia persona —o bien, su personaje—: Paul. Quizás desde un principio Hermann tuviera guardado en la manga el as de un final abierto...


La Revolución Francesa

Jean Pierre de Artois se incorpora, comienza a caminar –arrastrando con un silencioso abatimiento los pies– y se dispone a abandonar la plaza, en dirección a las ominosas callejuelas del barrio feudal de la ciudad. Es de noche, y se interna por un estrecho callejón custodiado por las húmedas paredes de enfiladas casas, contra las cuales Jean Pierre va dando indiscriminados bandazos. Tras un duro golpe, deja una mancha de sangre seca en la fría pared de un comercio de cerámicas, donde previamente ha tropezado con varias tinajas de cerámica. Alertado por el estruendo en la quietud de la noche, un tipo con gorro de noche se ha asomado a la ventana de la casa contigua. Al parecer, ha cerrado instantáneamente la contraventana de madera, haciendo batir las maderas en un golpe seco de indescifrable pavor...

Jean Pierre ha continuado calle abajo y una mujer con aspecto de trasnochada meretriz ha emitido –le parece a Jean Pierre haberlo escuchado con bastante nitidez– un espeluznante grito de horror al cruzarse con él y, de inmediato, ha salido la furcia corriendo calle arriba como alma perseguida por el mismísimo diablo. Sin darle demasiada importancia, Jean Pierre ha proseguido su paseo calle abajo, hasta llegar a unas caballerizas. Ha decidido dirigirse hasta un tipo que, según parece, se dedica a limpiar con un cepillo el lomo de un albino caballo; Jean Pierre se ha situado justo a su espalda, tras dar varios tumbos por las inmediaciones de la cuadra. El cuidador se ha girado, sorprendido a priori, mientras Jean Pierre se ha propuesto –sin éxito– preguntarle sobre el paradero de alguna fonda cercana; no obstante, el tipo ha emitido un alarido, a la par que su faz ha cambiado repentinamente a un tono tan o más pálido que la piel del caballo. En esta ocasión, el atemorizado parece ser Jean Pierre, por lo que huye corriendo –y cayendo al suelo en varias ocasiones– de la cuadra, dirigiéndose por un callejón más estrecho si cabe.

Jean Pierre cree adivinar unas voces y un batir de jarras unos metros más adelante. Reptando por las mohosas paredes de la calle, ha logrado alcanzar el soportal de la taberna de donde proviene el jaleo. Se ha dirigido al interior de la taberna con ánimos de pedir una cerveza bien fresca; no bien antes de poder pronunciar una sola palabra al camarero, todos los clientes del local han comenzado a gritar pávidos, apartándose cautelosa y atropelladamente de Jean Pierre, echando a correr por desordenados turnos fuera del lugar, abandonando al visitante en la soledad de la barra de la fangosa taberna. Jean Pierre ha aprovechado la oportunidad para asir una jarra de cerveza que reposa en la barra y poder saciar así su galopante sed de mula. Ha aupado la jarra con ánimos de escanciarla en su buche, pero, curiosamente, al tratar de engullir su contenido, el líquido se ha desparramado a lo largo de hombros y pecho, sin lograr traspasarlo al interior del estómago...

Indignado por esta torpe acción y por no lograr su cometido, Jean Pierre ha decidido retomar el camino de vuelta a la plaza. Ya es medianoche, y el frío se palpa en las inmediaciones del lugar. Ha procurado volver sobre sus pasos y regresar al lugar del cuál se incorporó al principio. Por fin, y después de proseguir dando varios tumbos, ha logrado situarse junto a la guillotina: bajo ésta, le ha parecido observar en un cesto su propia cabeza –pincelada con una extraña sonrisa– reposando sobre otro montón de pusilánimes y sanguinolentas testas de muecas torcidas por el terror de la Revolución.


These foolish things

Bubba abre la puerta de su apartamento. El crujido de la madera, junto con el chirrido de las bisagras, dan paso a la oscura estancia. Pulsa el interruptor y una tenue luz le muestra el desorden de su vivienda. Cierra la puerta y se dirige al sofá situado junto al equipo. Aparta varios discos esparcidos por el scay y, a continuación, elige el primero al azar. Sopla la cubierta para limpiar el polvo. Extrae el vinilo de su funda y lo coloca en el tocadiscos. Mientras observa la portada, la atmósfera de la habitación se inunda de las notas jazzísticas de Billie Holiday. Recoge papel de la mesita contigua y busca en el bolsillo de su chaqueta la última papela del día. Se enrolla el porro y contempla a través de la ventana el Puente de Brooklin. Una humareda nubla el paisaje mientras da la primera calada al cigarrillo. Le parece, entonces, observar un extraño arco iris que se dibuja entre el crepúsculo en la ciudad y las notas musicales que salen del tocadiscos. Escucha el fragmento en que Billie parece ahogar su garganta bajo la música y, es entonces, cuando Bubba va en busca de su saxo. Se dirige al armario, abre la funda y rescata el instrumento. Coloca la boquilla entre sus labios y, mordiéndola, inspira el aire, que luego se transforma en melodía al realizar el recorrido por entre los tubos. Mientras improvisa un solo que acompaña a su venerada Billie, escucha el inoportuno timbre de la puerta. Baja el volumen del equipo, deposita el saxo sobre el sofá y se dirige a la entrada. Abre la puerta y se encuentra con la pose viperina de Telma. Mientras ella se abalanza en sus gruesos labios, Bubba inhala el aroma abigarrado de almizcle, tabaco y alcohol de su resquemado cuerpo. Cuando cesan su beso, la pelirroja Telma le acucia con descaro:

—Dime, negro... ¿Puedo jetear ya el jodido bourbon de tu bar?

—Hazlo, pero mientras te desnudas; te espero escuchando a Lady Day...


Tren fantasma

Cada noche, a la misma hora, escuchaba el pitido de aquel tren a lo lejos, desde el cómodo diván del salón. Esperaba verlo aparecer, pero a medida que el traqueteo se hacía más cercano, no lograba vislumbrarlo. Aunque lo que se antojaba más insólito era que por aquel lugar no hubiera rastro alguno de vía férrea. No obstante, el salón volvió a inundarse de aquel espeso humo de la locomotora a vapor, como cada noche, constatando su paso por aquel mismo lugar. Al cabo de unos minutos, cuando el humo comenzó a disiparse, volvió a retomar consciencia: recordó su fatídico accidente más de un siglo atrás, cuando al disponerse a cruzar las vías con su carruaje aquel expreso le arroyara sin remisión.


Trueque al por menor

Al abrir la puerta esperaba encontrarme al típico vendedor de enciclopedias que no tarda en meter el empeine de su pie en la ranura de la puerta; o, tal vez, me imaginaba la presencia de una trajeada pareja de testigos de Jehová que —sin apartar sus ojos de mí— pretendieran jugar con mi conciencia, instándome a que me leyera un tríptico que lograría convencerme de los lujos y ventajas de una idílica eternidad en el Reino de los Cielos.

Pero jamás hubiera imaginado encontrarme a aquel peculiar enano de barba quijotesca inspeccionándome con una sonrisa entre maligna y entrañable; en consecuencia, me asaltó la curiosidad por saber qué demonios pretendía vender aquel extravagante y, a primera vista, bonachón hombrecillo que se presentó ante mi puerta.

—¡Buenas tardes! Usted necesita respuestas, ¿no es cierto?

Ante tal insinuación, más que oferta pro-venta, no pude más que mostrar un gesto de sobresalto, a la par que perfilar una mueca de desconfianza.

—Perdone... —vacilé al principio—. ¿Qué es exactamente lo que usted vende, caballero?

—Hum... —se rascó ceñudamente la nariz el enano—. Veo que no es usted demasiado perspicaz... —mirándome con expresión de perdona vidas se decidió a contestar mi pregunta—. Yo vendo respuestas. Sí, de ese tipo de respuestas que en ocasiones usted habrá tratado de encontrar a muchas de sus preguntas, aunque con resultado irresoluto.

—Ah... —me limité a contestar, entre confuso y alarmado por semejante majadería, proveniente, por añadidura, de aquel ridículo personajillo con pinta de gnomo.

—Bueno... —replicó el hombrecillo ante mi breve respuesta pasmosa—. ¿Qué me dice? ¿Le parece que hagamos el trato?

Pensé que aquella propuesta, mal que disparatada y chistosa, podría llegar a ser divertida, incluso interesante. Por otra parte, no tenía nada que hacer en aquel momento, y me atraía la idea de pasar un rato entretenido charlando con aquel pobre hombrecillo que, a simple vista, no aparentaba ninguna mala intención. Así que me dispuse a seguirle el juego.

—Y... ¿Cuántas respuestas puede usted ofrecerme, y a qué precio? ¿Puedo comprarlas a cómodos plazos o ha de ser en efectivo?

—Verá... Más que de una venta, propiamente dicha, se trata de un trueque, un intercambio... —explicó con aire misterioso el enano.

—Un intercambio... —repetí, comenzando a desconfiar de las intenciones del duendecillo...

—Sí, verá... Yo le ofrezco las respuestas a las preguntas que usted me haga, mientras que usted deberá proporcionarme a cambio, y por adelantado, sus preguntas...

Definitivamente, pensé, aquel pobre hombre me daba mucha lástima... A pesar de todo, y como desde el principio me cayó simpático, le invité a entrar y tomar un café. No obstante, abruptamente y de manera inesperada, rechazó con rotundidad mi ofrecimiento. Dijo que no estaba para milongas y que si me interesaba la oferta, debía en aquel mismo instante hacerle entrega de mi primera pregunta, a cambio siempre de su infalible respuesta. Desde el momento en que yo estuviera en poder de la respuesta a mi pregunta, explicó, regresaría al cabo de un tiempo —indeterminado— para ofrecerme otra respuesta a cambio de una nueva pregunta.

—Bien... Me gustaría continuar charlando con usted, pero dado que tiene tanta prisa... Está bien. Le haré mi primera pregunta.

—Piénsela bien, caballero... —intervino el enano—. Recuerde que su pregunta estará para siempre en mi poder una vez que la pronuncie...

Estuve cavilando unos segundos mi pregunta, tratando de lanzar un ingenioso interrogante que acabara de una vez con aquella farsa y que dejara en ridículo a aquel grandilocuente hombrecillo... Tampoco era cuestión de malgastar el tiempo con alguien que comenzaba a caerme ya un poco mal, por presuntuoso y desquiciado. Así que me lancé a soltarle una comprometedora, a la par que pragmática, pregunta.

—¿Quién es usted?

—Nada.

Fulminantemente, todo a mi alrededor mutó. Me hallé en un lugar carente de ubicación alguna. Una vacuidad absoluta me circundaba, me aprisionaba en una diluida atmósfera incolora, inodora e insonora. Tan sólo lograba ser consciente de mi propia existencia, de mi propio ser en medio de un espacio inexistente y de un tiempo indeterminado. Durante aquella estancia tan sólo una palabra rondaba mi cabeza, repitiéndose como si fuera la respuesta a algo que en algún momento me hubiera preguntado, pero cuyo origen me era imposible descifrar.

La desesperación no tardó en aparecer, por lo que lancé una pregunta al aire, con la esperanza de que fuera contestada por algo o por alguien.

—¿Dónde estoy?

Una inidentificable —aunque familiar— voz surgió de aquel vacío y depositó en mi mente la respuesta a una pregunta que ya jamás lograría volver a pronunciar.

—En ningún sitio.

A partir de aquel momento me fue imposible definir mi esencia, siendo incapaz de relacionar mi existencia con aquella nada que me rodeaba... Por otra parte, en mi cabeza se repetían una y otra vez dos respuestas que me inquietaban profundamente, a pesar de saber que, estuviera donde estuviera, mi mente y mi cuerpo gozaban de una cierta esencia. No obstante, consideré entonces el irrefutable hecho de que cualquier ser se define por aquello que le rodea, por el lugar en donde transcurre su existencia, por las circunstancias que le hacen ser aquello que es. No tuve más remedio, pues, que hacer la que sería mi penúltima pregunta —la última permanecería en algún lugar indescifrable, sabiendo la respuesta incluso antes de emitir mi pregunta—. Me armé, pues, de valor, y me decidí a finiquitar aquel intercambio que daría por concluido aquella especie de trato compra-venta que no lograba recordar. Me dispuse a entonar el último interrogante, cuya respuesta jamás estaría en disposición de conocer.

—¿Quién soy yo?

—Nadie.


Un instante efímero

Llegó a casa extenuado, después de aquella agotadora jornada de trabajo en la que no había cesado ni un instante de atender las múltiples llamadas de sus clientes acerca de la reciente campaña publicitaria para los nuevos teléfonos Góndola de pared. Así pues, tras cerrar la puerta, decidió dirigirse al cuarto de baño y darse una reconfortante ducha. Tras secarse, se cubrió con el suave albornoz que Sara le había regalado por su cumpleaños. Salió del baño y se dirigió al salón; allí decidió echar una ojeada a su colección de discos de vinilo, con la intención de relajarse un rato escuchando música. Decidió finalmente extraer del mueble un vinilo de Bill Haley y, a continuación, colocó el disco en el plato del tocadiscos de su equipo musical. Comenzó a sonar la música mientras se dirigía al sofá para acomodarse. Tomó el paquete de Winston que se encontraba en la mesita contigua, junto con el encendedor de gasolina plateado. Con un movimiento de su pulgar abrió la tapa del encendedor, que irrumpió con un clic envuelto en las notas musicales de la canción de Bill Haley, cuyo estribillo decía así:

“We’re gonna rock, around, the clock tonight, we’re gonna rock...”

Hizo girar la piedra provocando un claro chasquido que dio paso a la ignición de la llama. Se puso el cigarrillo en la comisura de sus labios y succionó, prendiéndolo. Exhaló una espesa bocanada de humo y se sintió relajado, mientras escuchaba aquel éxito de Bill Haley. No permitiría que nada ni nadie le interrumpiera en aquel momento de relax, en el que había logrado abandonar el estrés de la oficina. Fue entonces cuando irrumpió el timbre del teléfono en la musical atmósfera del salón. Al escuchar el primer timbre, tan sólo hizo un leve gesto de fastidio, resignado y decidido a no hacer el más mínimo esfuerzo por atenderlo. Tras el segundo timbre, reafirmó su voluntad de no interrumpir su descanso para tener que escuchar con paciencia las posibles demandas de algún molesto cliente. Tras el tercero, comenzó a desperezar un tanto su nolición, con la intención de despachar en la mayor brevedad aquella impertinencia, a pesar de que aún vacilara, calculando la considerable distancia que le separaba del mueble de caoba, donde reposaba el teléfono. Al cuarto timbre, cayó en la cuenta de que era muy probable que aquella llamada proviniera de Sara, ya que su horario laboral debería haber finalizado hacía media hora; así que, finalmente, tomó impulso para levantarse y acudir a responder la llamada, a pesar de obligarse a interrumpir su descanso. Mientras daba el primer paso en dirección al aparato sonó el quinto timbre, sintiéndose ahora un tanto más preocupado y predispuesto a descolgar el auricular. Cuando logró llegar a su meta, sonaba el sexto timbre, que dejó escapar un eco de la caja de resonancia. Mientras llevaba el auricular a su oído emitió por el micrófono una habitual respuesta telefónica: “¿Diga...?” Casi simultáneamente pudo escuchar un monótono y constante sonido que salía del auricular, indicándole que el emisor o emisora de la llamada había decidido colgar debido a la demora de respuesta. Así, resignado, y arrepintiéndose de su dejadez, barajando la posibilidad de que la llamada proviniera de Sara, decidió colgar y esperar a que volvieran a llamar.

Se dirigió al equipo de música para bajar el volumen ya que, en su anterior intento por contestar el teléfono, había descuidado tan práctico detalle para poder desarrollar una conversación adecuada. A continuación apagó el cigarrillo que había dejado reposando sobre el cenicero, y se dispuso a leer el lema final del nuevo producto de promoción, mientras aguardaba una nueva llamada: “¿Cocinar y charlar? ¡Ahora es posible con los teléfonos Góndola Large!”. Observó, bajo este cómico lema, la fotografía de una enrulada ama de casa sosteniendo con las dos manos una sartén en donde intentaba freír una tortilla, mientras parecía hablar por un teléfono de extenso cable sujetado entre su hombro y su cara.

Mientras sonreía divertido, observando el panfleto, brincó desde el sofá al escuchar de nuevo el sonido del aparato telefónico. Tal fue su rapidez en esta ocasión que no permitió al aparato emitir más de dos timbres antes de lograr descolgarlo. Con esperanza de respuesta se dispuso de nuevo a contestar, pero halló nuevamente la misma contestación en forma de señal acústica. “¡Mierda!”, exclamó con frustración. A continuación, extrañado, se preguntó la razón de por qué en esta ocasión, en la que el aparato tan sólo había emitido dos señales, el emisor hubiera vuelto a colgar. Tomó la resolución de buscar en su agenda el número de teléfono del lugar de trabajo de Sara, con la intención de saber si provenía de ella la llamada. Marcó el número de la tienda de electrodomésticos, en la que Sara trabajaba como administrativa. Después de escuchar tres tonos a través de la línea, una voz femenina que no correspondía a Sara, sino a su jefa, respondió: “¿Diga...?” “Hola, Estela. ¿Está Sara por ahí todavía?” preguntó. “No. Hace media hora que acabó y se fue” contestó. “¿Sabes si me ha llamado hace un rato?” quiso saber. “Que yo sepa no... ¿Por qué?” “No... por nada... Gracias.” Colgó el aparato con semblante confuso, preguntándose quién podría haber llamado.

A continuación, decidió volver a escuchar la canción de Bill Haley y, tras subir el volumen del equipo, se dirigió expectante junto a la mesilla del teléfono. Estuvo esperando unos minutos hasta que el aparato volvió a emitir una señal. Sin preocuparse por bajar el volumen de la música, echó su mano enseguida al aparato, descolgando el auricular. Acto seguido, colocando el aparato en su oído, se produjo algo inesperado. En esta ocasión, no escuchó el monótono ruido que indicara que el interlocutor hubiera colgado, pero, por el contrario, tampoco estaba seguro de lo que en aquel momento penetraba por su oídos. Con el auricular colocado en su oído derecho, y con el izquierdo libre, pudo escuchar la sinfonía en estéreo de la música que simultáneamente salía de su equipo de música y del aparato de teléfono. Atrapado y acorralado por las notas musicales de aquella canción, se mantuvo a la escucha durante unos segundos; a continuación, decidió emitir una corriente respuesta: “-Diga...” Entonces, una voz desgarrada, desesperada e identificable emitió un grito que expresaba a la vez un interrogante y una exclamación. Acto seguido, tras escuchar aquel espeluznante grito, su ser se sumió en un estado de catarsis. Todo lo que experimentó a continuación se alejó por completo de su consciencia. El auricular del teléfono que sujetaba con su mano comenzó primero por abducir su oreja, seguida de su cabeza y la totalidad de su cuerpo: así, en un proceso lento, pero de progresiva deglución, el teléfono comenzó a succionar su cuerpo, cuyas partículas comenzaron a fluir por el interior del cable telefónico. Su ser comenzó a deslizarse a lo largo del cable que bajaba por los muros del edificio. Dividiéndose por las posteriores bifurcaciones y a lo largo de los diversos tendidos de teléfono, sus partículas recorrieron las diferentes longitudes por donde circulaban los cables telefónicos. Posteriormente, su también abducida consciencia comenzó a expandirse por todos los rincones de la esfera terrestre. Después de alcanzar el final de sus múltiples trayectos surgió al aire, viajó por todos los lugares habitados e inhabitados, expandiéndose y contrayéndose constantemente, esparciéndose en forma de etéreas ondas. Fue así como pudo escuchar todo: palabra por palabra, frase por frase; de generación en generación, logró escuchar infinitos hablantes, infinitas conversaciones e infinitos y universales mensajes entre humanos: discusiones entre hombres y mujeres, súplicas de perdón, amenazas y sentencias vengativas, diálogos divertidos y entretenidos, risas y llantos, gritos y susurros, lamentos y esperanzas, afirmaciones y negaciones, interjecciones e insultos, verdades y mentiras, confesiones y secretos, y en fin, todo tipo de expresiones humanas manifestadas a lo largo de los tiempos. Hasta que poco a poco, su ser comenzó a reunirse de nuevo, confluyendo y regresando por un largo y estrecho cable telefónico que se dirigía hacia un destino desconocido. Finalmente, pues, su ser físico alcanzó el final de aquel trayecto, que desembocaba en la caja de un corriente aparato telefónico; después de penetrar en el aparato a través del cable, surgió hacia su exterior, siendo de nuevo en esa ocasión expulsado por el auricular, y retomando nuevamente su aspecto físico y su antigua consciencia. Colgó el auricular del aparato, que en aquel momento sujetaba con su mano y que reposaba en una cuadriculada mesilla de cristal. Entonces, pudo inspeccionar aquel nuevo paraje en el que se hallaba: se trataba de una hermética estancia en forma de cubo. A sus pies, un suelo de inidentificable color mate, que se correspondía con el del techo. Al vislumbrar las paredes que le encerraban no pudo imaginar cárcel más infranqueable: comprobó, tras descubrir los infinitos clones que le circundaban, que aquellas paredes que le aprisionaban resultaban ser cuatro espejos contrapuestos. Su ser, mirara a cualquiera de aquellos muros que mirara, se repetía hasta la infinitud, como asimismo se repetían aquellos infinitos teléfonos y mesillas. Comenzó a dar vueltas alrededor del aparato telefónico, observando la perspectiva infinita de aquellos cuatro espejos, enloquecido por la eterna e intolerable visión de su propia persona. Entonces, deduciendo que su único medio de escapatoria debía ser aquel aparato telefónico del que disponía, descolgó el auricular, dispuesto a solicitar socorro. No obstante, descubrió algo que en un principio le confundió y le desesperó: en el aparato no aparecía rueda ni cuadro alguno que contuviera las teclas necesarias para marcar un número. Pero, por el contrario, tras descolgar el auricular, pudo escuchar unas musicales voces que indicaban los tonos de llamada del teléfono: el primer tono dijo: arriba. El segundo: debajo. El tercero: derecha. El cuarto: izquierda. El quinto: delante. Pero cuando estaba comenzando a escuchar el sexto decidió colgar, indignado por lo que parecía una broma macabra.

Permaneció durante unos instantes pensativo, lucubrando acerca de su situación, y quizá, arrepintiéndose de haber colgado el aparato. Pensó en la que debía haber sido la sexta señal, y decidido, hizo un giro de ciento ochenta grados para encararse con el espejo de su retaguardia. Entonces, su vista y sus sentidos vislumbraron e intuyeron una puerta de salida en aquella dirección. Acercándose al espejo, dirigió su brazo hacia el de su propio reflejo, haciendo el simulado gesto de estrechar su propia mano. Seguidamente, pudo comprobar que su cuerpo se filtraba en aquel infinito pasillo de clónicos espejos, teléfonos y humanos. Se dirigió hacia el pasillo y comenzó a correr, sin alcanzar una salida a aquel espejado pasadizo de insondable final. Cuando sus fuerzas se agotaron se detuvo de nuevo en uno de aquellos infinitos recintos cúbicos, en el que asimismo, se hallaba un teléfono que reposaba en una mesilla de cristal. Decidió de nuevo volver a descolgar el auricular: en esta ocasión las señales dijeron lo siguiente: la primera: pasado. La segunda: futuro. Enfurecido, harto y hastiado de aquel infinito pasaje de absurdas cábalas, decidió colgar de nuevo. Optó por dar marcha atrás y desandar el camino recorrido. No obstante, caminó durante un tiempo que le pareció eterno, y en medida, mucho más largo del que había recorrido con anterioridad. Con lo cual, frustrado, pensó que jamás lograría identificar la primera sala cúbica en la que había estado. Aterrorizado, sabedor de su errante e imposible tentativa de escapatoria, decidió descolgar el teléfono, mientras observaba a sus infinitos clones, que simultáneamente realizaban la misma acción. Abatido, contempló a sus infinitas copias, escuchando en esta ocasión un timbre sonoro, y comprobando a continuación que, al otro lado, alguien descolgaba el teléfono: de los auriculares de aquella infinitud de teléfonos, surgió vibrante aquella música, que se expandía a través de las infinitas salas, adquiriendo la canción un volumen inconmensurable:

“We're gonna rock, around, the clock, tonight...”

Mientras surgía la música, pudo luego escuchar su propia voz a coro, que contestaba: ¡¿Diga...?!

A continuación, emitió un espeluznante grito, acompañado al unísono por su clónico coro infinito.

* * *

Hizo girar la piedra provocando un claro chasquido que dio paso a la ignición de la llama. Se puso el cigarrillo en la comisura de sus labios y succionó, prendiéndolo. Exhaló una espesa bocanada de humo y se sintió relajado, mientras escuchaba aquel éxito de Bill Haley. No permitiría que nada ni nadie le interrumpiera en aquel momento de relax, en el que había logrado abandonar el estrés de la oficina. Fue entonces cuando irrumpió el timbre del teléfono en la musical atmósfera del salón. Dejó que el timbre del teléfono sonara varias veces, a pesar de que su voluntad le ordenara descolgarlo. Pero su consciencia se hallaba en aquel instante aletargada, sumida en un estado de confusión y falsa sensación, impidiendo que su ser pudiera reaccionar ante sus impulsos. Fue al quinto timbre cuando logró abandonar aquel estado, borrándose parcialmente de su mente aquella paradójica situación. Entonces, dirigiéndose hacia el aparato, al sexto timbre logró descolgar el teléfono, escapándose un eco de su caja de resonancia. Permaneció unos segundos en silencio, llevando el auricular a su oído. Entonces, decidido, contestó: “¿Diga...?” A continuación, una voz familiar le respondió: “Hola, cariño. ¿Cómo has tardado tanto en contestar?” Sorprendido y a la vez expectante, contestó a su interlocutora: “¡Ah! ¡Hola, Sara! ¿Qué tal?” Su esposa contestó: “Bien. Oye, te llamo por que hoy llegaré un poco más tarde. He tenido que acompañar a mi madre al médico, y ahora estoy en su casa.” “Bueno, no te preocupes, cariño. Ya te prepararé la comida.” Al cabo de unos segundos, tratando de analizar todavía lo ocurrido, dijo a su esposa: “Por cierto, Sara. Hace un rato, cuando me estabas llamando y ha sonado el teléfono, me ha ocurrido una cosa muy extraña. Parecía como si lo que estaba pasando ya lo hubiera vivido. Por eso he tardado en contestar.” Su esposa, emitiendo una inocente carcajada, contestó: “¡Ah! Ya sé de lo que me hablas. Eso que te ha pasado es un déjà-vu. No te preocupes...” A continuación comentó: “Nos pasa a todos. Creo que se trata de un fallo del cerebro que, aunque no lo creamos, no es perfecto. Bueno, cielo. Llegaré dentro de una media hora. Hasta luego.” Antes de colgar el auricular del teléfono, contestó: “Hasta luego.” Después de colgar el aparato se percató de que no se había tomado la molestia de bajar el volumen del equipo. Mientras se dirigía de nuevo al sillón escuchó aquel pegadizo estribillo:

“We're gonna rock, around, the clock, tonight...”


Oklahoma

K* era una letra cursiva. Hacía algún tiempo que andaba tras la pista de una letra mayúscula, aunque no podía recordar su nombre. La conoció casi por casualidad, en una reunión de letras de la página de una novela inconclusa. Recordaba que le preguntó por aquella palabra y, al instante, ella misma le dio la respuesta. Pero, por mucho que tratara de evocar no lograba encontrarla de nuevo... Sin embargo, nunca cayó en el olvido.

–Pues, mire... –se dirigió k a aquel paréntesis–. Creo recordar que tenía forma redondeada, y sí... Estoy completamente seguro de que era mayúscula...

–Hum... Pues ya ve, como no me dé más pistas... –respondió con tono agreste el paréntesis.

–Verá: en alguna ocasión la vi pasar por la calle “azulado”, aunque tengo entendido que muchas veces reposaba en el hotel “Crisol”... ¡Ah! Y también recuerdo que le encantaba escuchar aquel “tango”.

–Busque usted en las páginas amarillas, pero a mí no me dé más la tabarra, amigo... ¡Qué codicia! –respondió descarado el paréntesis.

K no tomó en balde aquel “consejo”, así que no buscó, sino que insertó un anuncio publicitario en las mismas: “Se busca una letra hallada en algún rincón de una novela inconclusa. Responde al escuchar las notas del tango titulado “Oklahoma”.”

K esperó pacientemente tras publicar el anuncio. Entonces, una tarde, mientras se paseaba por las páginas de sucesos de un periódico de barrio, escuchó el timbre de aquel tríptico que irrumpió en la página siete: “Tangos en inglés cantados por la dulce voz de nuestra fantástica corista mayúscula. Mañana a las ocho aquí, en nuestra sede sita en “La cuartilla cuadriculada””.

Al día siguiente, pues, k se dirigió presto a aquella cuartilla. Entre la bandada de letras que circulaban por aquel antro, comenzó a escuchar la melodía de aquella canción: sin duda, podía distinguir el estribillo de “Oklahoma”, aquel tango que resonaba en sus oídos.

Creyó descubrirla a lo lejos, redonda y mayúscula, como la había recordado desde el primer momento... K creyó estar ya muy cerca de ella, la letra que le recordaba una vez más aquella palabra escrita en otro idioma, en el mismo idioma en que la voz de ella entonaba una vez más el tango “Oklahoma”. Entonces, al verle, O interrumpió su canción un momento y se acercó a k.

–“Ok” –dijo k.

–“¡Ok!” –respondió O.

–“¿Ok?” –inquirió k...


Rebelión a bordo
(también intitulada “Tragicomedia de Agón”)


ACTO PRELUDIO

(Agón decide, por tanto, apartarse de escena. Se dirige con decisión al público y revela su secreto).

AGÓN: No voy a consentirlo. Estoy harto. No permitiré que ese miserable, ególatra y vanidoso se salga con la suya. Exijo ahora mis bienes proporcionales de autoría o, de lo contrario, me veré obligado a ejercer mi derecho de huelga.

“TRAGICOMEDIA DE AGÓN (EN TRES ACTOS)”

ACTO PRIMERO

MONÓLOGO DE AGÓN ANTE SU AUDIENCIA.
(Que conforma el nudo de esta tragedia)

(Agón sale a escena. Sonriente y orgulloso, comienza el relato-monólogo sobre su vida):

AGÓN: ...

ACTO EPÍLOGO

(Me veo obligado a salir a escena y satisfacer las demandas de Agón. No obstante, Agón no parece estar contento. Incomprensiblemente, pues, me abandona y se dirige con firme propósito al público, con la intención de revelar un secreto).

¿FIN?










badalona, barcelona, 1973. licenciado en filología inglesa, mención en hispánicas. profesor de e.s.o. y de bachillerato y amante a tiempo parcial de la literatura y de la música, ha publicado cuentos en diversas revistas electrónicas de creación literaria, como letralia, almiar (margen cero), o atramentum. seleccionado en el número del quinto aniversario de la revista almiar, finalista en el primer microconcurso de microrrelatos de la revista escritores.cl de chile, con el microrrelato “el génesis obrero”, ha publicado también cuentos y poemas como finalista en el libro del II certamen de poesía y relato GrupoBúho.com, así como en el fanzine bar sobia.


franz_126@hotmail.com
blog de camilo pequeño (1)
blog de camilo pequeño (2)


publicaciones con labellavarsovia
bar sobia, número 1