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silvia oviedo


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silvia oviedo

Urbe

Todas las calles de esta ciudad son iguales.
Pero esta ciudad es ambigua:
Tiene los días grises y los días azules,
Y ambos acaban en las mismas noches vacías sin coches,
Sin perros y sin locos que intenten tirarse por las ventanas.
Llevo tres años viviendo en esta ciudad
Y aún desconozco los nombres de las calles,
Desconozco el bar con los mejores precios.
Llevo aquí toda la vida y aún no sé qué dirección tomar,
Porque Dios ha abandonado esta ciudad
Y ya ni siquiera las ratas son capaces de encontrar su alcantarilla.
Hace ya un siglo que el tren dejó de parar en esta ciudad
Y sólo nos queda la endogamia.
Nos nacen niños con cara de cerdo,
Cuerpo de hombre
Y entrañas de rana.
Sus hijos serán pequeños engendros
Sin boca ni pene,
Dormirán en los árboles
Y comerán mierda de perro.
A nosotros nos encantaría
Celebrar el fin del aislamiento
Sentándonos a la mesa con Jesús y el Diablo,
Y llamar a Judas para que pusiera su mejor cara,
Y volviera a contar una historia maravillosa;
Estamos deseando oírle decir que él estaba con nosotros,
Que estaba tomando té cuando clavaron a Cristo,
Porque de aquí no sale nadie
Y Judas era nuestro tatarabuelo.



Con veintidós.
Vladimir Mayakovsky

Mírala, veintidós y tan bella.
Una nube en pantalones.
Dudando a la puerta si va a ser lo suficientemente encantadora.
Veintidós y tan despeinada.
Aplastándose el pelo,
utilizando un cristal como espejo.
Mírala, veintidós y corriendo
con un esguince en la lengua.
Espoleando al mundo, que por fin escucha.
Con veintidós.
Y va pasando, triunfal.
Susurrando:
tirez la couverture à moi!



1:43 a.m.

El ruido se aprovecha de nosotros
y nos chupa las entrañas.
Nos agota.
Nos deja secos.
Nos abandona en la cama y se nos quedan los pies fríos.
Pero la bella cité no nos espera;
Se escapa y la perseguimos por sus venas.
Todos locos.
La noche huele al traqueteo de los camiones de basura
y a las casitas diminutas
que nos engullen a partir de las ocho y media.
Cubículos que nos regurgitan periódicamente.
Se nos quedan mirando con los ojos de par en par como ventanas.
Y sentimos el ridículo.
Y la ropa tendida.
Las rebajas.
La gente guapa y todos los demás que somos feos.
Los únicos pájaros que vemos son los pájaros muertos.
Que nos miran con los ojos abiertos como tripas.
Y sentimos el ridículo.
5 segundos de amor vibrante en la oficina
Y una chica pegando una patada a una farola
que se enciende.
Es de noche y llueve.
Las viejas miran con cuencas que parecen cucharas.
Cucharas suecas.
Y sentimos el ridículo.
Todos locos.
En la cama nos masturbamos para tener buenas ideas.
Con cualquiera.
Sin pijama.
El ridículo es una flecha amarilla
que empieza en las caderas y apunta al centro de las costillas.
Ya no nos duele.
Bendita costumbre.
Todos locos.



Entrañas

Oh, metro.

Santuario de la working class.

Todos nos metemos en kilómetros de túneles,

Encajonados en cuerpos de orugas metálicas,

Que gruñen,

Crujen,

Gimen

Y rechinan exactamente igual que la maquinaria del comunismo soviético.

Nos sentamos y nos peleamos

Por el lugar en que vamos a sentarnos.

Otros se quedan de pie esperando el roce lascivo

De cuerpos sudorosos y agotados por el trabajo

Que intentan arrancar a esta maquinaria

El último suspiro de pasión y humanidad eléctrica.

Aquí nos hacinamos los que vemos y los que no vemos,

Nos encontramos,

Nos reconocemos

Y no nos saludamos.

Presumimos de la ropa que acabamos de comprar

E intentamos seducir con nuestros cruces de piernas ensayados

A algún viejecito que tenemos enfrente,

Deseando,

En el fondo de nuestro estómago,

Que le dé una taquicardia,

Caiga de bruces a nuestros pies y podamos reanimarle con nuestras pulcras manos de Santa Zorra.

Y salir en primera plana.

Deambulamos por pasillos de baldosines blancos,

Sucios

Mudos,

Asépticos

Y asquerosos,

Navajas y bolsas de la compra que velan por la rutina de una ciudad

Que respira dióxido de carbono

Y sueña con parcelas de césped de un metro cuadrado.

Escapamos del infierno cotidiano saliendo por un torniquete

Y subiendo una escalera hacia la luz;

Ni siquiera hemos sido lo suficientemente corteses como para despedirnos,

Ni de Caronte.

Ni de la taquillera.












nací en 1984 en talavera de la reina, y desde ahí he pasado por sitios como aranjuez, madrid, berlín y luego de vuelta a madrid, donde vivo actualmente.
soy licenciada en traducción e interpretación y actualmente ando a caballo entre esas dos disciplinas, la informática y lo que se tercie.
en cuanto a premios/publicaciones... lo último fue el concurso de jóvenes creadores de aranjuez (2006), con publicación incluida. anteriormente gané el concurso de relatos cortos del ces felipe ii (ucm) en 2003 y accésit en 2004, y algún que otro concurso de relatos breves e hiperbreves en talavera.


silviaoviedo@gmail.com
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bar sobia, número 3