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rafael p. calmaestra
Luke Skywalker
Lucas buscó el trampolín más alto. Subió la escalerilla peldaño a peldaño, sin dejarse ninguno atrás, y saltó. Describió dos vueltas perfectas en el aire antes de zambullirse, creando clónicos círculos efímeros. Las personas que miraban desde el borde correspondieron a la magnífica zambullida con su amor. Lucas surca el aire formando geometrías silenciosas. Sonríe a las gradas, al cloro, a los cielos. Sale mojado; manos prestas a secarlo con toallas azules tocan uno de sus rizos mientras él ríe blancas espumas de agua. Todos lo contemplan felices, radiantes en el día de hoy. En este lugar hemos conocido a Dios, dicen.
Camino a casa
Ya antes de llegar a la esquina notó un primer aguijonazo violento; era como si una hoja afilada atravesara de improviso, a la manera de un relámpago, su vientre. Se detuvo un instante, tratando de coger aire, hasta que poco a poco el dolor fue remitiendo. Se sintió sorprendida; quizás le había sentado mal la comida, aunque era un dolor extraño, nunca antes había experimentado algo así. Trató de reponerse y no pensar en las ideas delirantes que a veces le asaltaban sin poder remediarlo y, algo encorvada, volvió a reanudar su marcha. Cruzó entre dos postes y miró que no viniera nadie. Aligeró el paso; en casa tenían que estar esperándola hacía ya tiempo. Quizás no debería haberse detenido a comer en aquél lugar que parecía haber surgido de la nada. Ayer al menos no recordaba haberlo visto, oscuro, con sus paredes lisas y de techos bajos... más el olor a comida inundaba el callejón y se dejaba sentir a varias manzanas a la redonda: imposible ignorarlo, y menos ella, que era una glotona. Pero de nuevo un dolor lacerante la hizo trastabillar; ahora el relámpago le electrizaba todos los miembros con un dolor indescriptible. Se agarró como pudo el vientre mientras sus piernas se crispaban tratando de mantener un equilibrio imposible. Había caído en mitad de ningún sitio y el miedo se mezclaba con el sabor de la sangre en su boca.
Los dos niños llevaban un rato observando. Agachados, dudaban entre tocarla con la punta del pie o seguir mirando sin más. Finalmente, uno de ellos, el más alto, la rozó ligeramente con la puntera de la zapatilla. La cucaracha volvió a agitar las patas frenéticamente; estaba boca arriba y se desplazó movida por el pie unos centímetros.
-Parece que se está muriendo –dijo. Su amigo asintió; ambos habían dejado las fichas sobre la mesa, abandonadas en el salón, y se encontraban ahora en medio del pasillo.
-Es de las rubias, está en las últimas. Mi madre pone cebos tras los armarios.
Siguieron mirándola un rato más. Poco a poco el insecto dejaba de patalear, hasta que alguno de ellos la rozaba, con lo que volvían las convulsiones, el multiplicarse por mil de aquellas pequeñas zarpas. Aburrido, el más alto alzó el pie para pisarla.
-¡No, no lo hagas! –exclamó su compañero de repente. El alto se detuvo y lo miró extrañado.
-Que sufra.
Agujeros
Una vez abrí un agujero en el suelo.
Me asomé y vi un pájaro
y más tarde una nube y mucho azul.
Y si yo sólo quería dejar una flor
¿por qué tuve que ver esas cosas?
¿por qué aquello era tan bello y extraño?
Uno espera encontrar tierra y gusanos
y no nubes o pájaros
cuando hace agujeros en la tierra.
Mancharse las manos,
dejarse las uñas negras y sudar
por el esfuerzo,
eso sí.
¿Qué puedo plantar allí?
Ahora veo claro
que hice el agujero para un muerto
y no me gusta enterrar muertos
porque sé que con ellos también entierro pájaros,
y nubes, y cielos azules.
No amanece
Algunas noches pienso
que hay un hombre bajo mi cama.
Yo mantengo los ojos muy cerrados
y él muy abiertos.
Los minutos caen desde el techo
mientras siento que vigila
no sé muy bien qué,
quizás mis sueños o quizás otras cosas
que no puedo ni imaginar.
En mi habitación hay algunos rincones
que aún no conozco.
He visto a dos arañas
que construyen sin ladrillos
y se aman sin amor.
Son raras, estas arañas.
Algún día las visitaré
y me contarán cosas extraordinarias
de mundos que destruiría
con sólo alzar la mano.
Cuando llega el día se viste mi cama, toda la habitación
se vuelve blanca.
Y ya no recuerdo al hombre misterioso
ni a las arañas laboriosas.
Sólo pienso
en amores, dinero, trabajos y cosas así.
Me vuelvo todo un señor de repente...
hasta que regresa la noche y me desviste;
entonces llamo a mi madre y sus cuentos.
Pero sólo acuden ese hombre
que se mete bajo mi cama,
y las dos arañas que tejen y tejen
sin amor, tristemente.
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mi nombre es rafael pareja calmaestra y soy licenciado en derecho. nací en 1974 y actualmente trabajo como gestor comercial para telefónica
(colaborando también como voluntario en una ong, amnistía internacional, con
la que imparto clases y talleres en varios ies). entre mis cosillas, he
ganado el primer premio del II certamen de relatos cortos de fantasía
“cristal oscuro”, en almería (2001), el premio especial del promotor del IV
certamen “leonardo cercós” de poesía (mallorca, 2000) y participo cuando
puedo con labellavarsovia y con "puente de encuentro” en actividades literarias.
ciudadano27@hotmail.com
blog de rafael p. calmaestra
publicaciones con labellavarsovia
bar sobia, número 2
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